Ayer soñé otra vez que volvía a casa. Llegaba de noche, tomando café en el vagón restaurante con tu carta frente a mí mientras nos aproximábamos en línea recta hacia la ciudad. Ese era el momento que más me gustaba; levantaba involuntariamente la mirada por encima del rumor de las conversaciones, por encima de tus palabras, no podía apartar los ojos de la ventanilla. Veía las luces heladas de los polígonos industriales, abandonados a aquella hora, presos de algún extraño sortilegio. Había naves de ladrillo rojo forradas con descoloridos carteles que anunciaban orquestas de pueblo y circos invernales del año pasado, hierba muerta asomando entre pedazos de cemento roto. Una luz pálida brillaba en el interior de una casa solitaria.
Por un momento olvidé que había estado leyendo tu carta una y otra vez, durante todo el viaje. Te imaginé de nuevo en una ciudad del norte, un beso después de acompañarte hasta tu portal, el olor de la nieve fundiéndose en la lana mojada, las farolas se encendían al pasar nosotros entrelazados.
En los apeaderos figuras solitarias se recortaban contra la luz de los fluorescentes, aferraban bolsas de viaje mientras caminaban inquietos arriba y abajo o esperaban sentados con las manos en los bolsillos, las solapas del abrigo subidas hasta las orejas y un cigarrillo sostenido con el borde de los labios. Luego aparecían las torres de las urbanizaciones, los cientos de ventanas iluminadas como a través de celofán azul, alguien desaparecía tras un portal. Un paso a nivel, automóviles fugaces, faros horadando la oscuridad como si fuesen puñales, semáforos, garabatos de neón a lo lejos. Desaparecimos por un túnel que nos dejó en silencio por un rato.
Parecía que habíamos entrado en un lugar fuera del tiempo. Ahora recorreríamos el mundo para siempre, encerrados en el tren sin poder salir y no nos importaría nada. Beberíamos martinis contemplando las luces de ciudades distantes, ciudades imaginarias a las que nunca llegaríamos, marcando la geometría precisa de nuestra existencia ordenada.
El hechizo se rompió y aparecimos entre hileras de viejos vagones de mercancías y locomotoras que se herrumbraban en las vías muertas. Avanzábamos hacia el resplandor anaranjado del centro de la ciudad; se distinguían las luces rojas de los rascacielos, los reflectores de los dirigibles barrían el cielo sólo por el puro placer de hacerlo, las aeronaves brillaban como motas de polvo a la deriva en los haces de luz. Ahora íbamos más lentos, tus palabras se hacían más presentes, como un dolor olvidado que surgiera de nuevo, punzando las entrañas. Se había terminado.
La iluminación en el interior del vagón se hizo más débil, olía a revistas nuevas, a perfume y cigarrillos, el rumor de las conversaciones descendió, el interior del vagón comenzaba a moverse, era como si caminásemos sobre el hielo frágil; llegábamos por fin.
La estación era un sueño gótico industrial; huesos de acero cubiertos por una piel de cristal reluciente como caramelo, protegiendo del frío un invernadero de plantas geométricas, victorianas escaleras de madera, farolas de hierro forjado y mesas de café. La inducción nos depositó suavemente a la altura del andén. Mozos robot serpenteaban entre los viajeros desconcertados, esquivándolos hábilmente. Las maletas flotaban recién encontradas, arrastradas por parejas sonrientes, hombres solitarios, un grupo de trapecistas. De repente alguien gritó mi nombre y me volví. Pero no estabas allí, esta vez no encontraría tus brazos tanteándome, ni el olor a sudor cálido como un perfume delicioso y antiguo, ni el contacto de tus labios cálidos que me daban nueva vida.
Me paré un momento en el andén, aturdido, la gente se apartaba de mí educadamente, sin empujarme, como reconociéndome.
Afuera llovía, los cigarrillos y las revistas se amontonaban en los charcos que iban formándose en las aceras. En las marquesinas de los cines había anuncios de películas que yo ya no conocía. En uno de ellos aparecía una mujer joven que se parecía mucho a ti en aquella foto que tomamos un verano en Italia. Sonreía desde lo alto y saludaba agitando la mano, dándome la bienvenida, de vuelta a casa.